viernes, 25 de julio de 2008

Los ascensos a la miseria humana



Antonio Ortuño, Recursos humanos, Anagrama/ Colofón, Colec., Narrativas Hispánicas, Núm., 425, México, 2008, 171 pp.

La nueva novela de Antonio Ortuño, Recursos humanos, que quedó finalista del premio Herralde de editorial Anagrama, debe ser leída por diversas razones. Me refiero a que quiero aportar mis muy modestas observaciones del por qué la novela de Ortuño debe ser leída. Para empezar, una obsesión muy particular: el lenguaje. En lo primero que me fijo para juzgar si debo continuar con la lectura de una obra literaria es en la prosa, el manejo del lenguaje, en la propuesta que el autor hace con estas herramientas. Esto podría parecer lógico y hasta una tontería, pero no lo es cuando proliferan escritores que lo último que saben hacer es escribir o son escritores inflados por los grupos y amigos poderosos que los apadrinan (en el caso de Ortuño, incluso su carrera literaria es honesta: hace no mucho me encontré con unos ejemplares de la revista El Zahir que publicaban en Guadalajara nuestros amigos en común, José Israel Carranza y Víctor Ortiz Partida, donde aparecen unos curiosos poemas salidos de la pluma e inspiración del mismísimo Antonio Ortuño).

La prosa de Ortuño, pues, va de sentencias solas o en párrafos cortos a oraciones largas que se van desdoblando en observaciones o reflexiones de los avatares en la vida de su personaje. Su prosa está alimentada por un lenguaje claro y certero, sin las pretensiones de utilizar palabras extrañas o desconocidas o de recurrir, como saben hacer lo que no saben qué hacer, a anacronismos que dan la impresión de estar leyendo a un autor del siglo XIX en este valemadrista siglo XXI.

Después, la historia. El personaje principal de Recursos humanos, Gabriel Lynch, es un pariente cercano de Álex Faber, el a su vez protagonista de la primera novela de Ortuño, El buscador de cabezas (Planeta, 2006), no sólo porque el autor sea el padre de ambos sino porque me los imagino juntos, haciéndose compañía, como buenos cuates –si es que alguno de ellos aceptara ser amigo del otro--, uno como el reverso complementario del otro. Los dos son unos outsiders, unos apestados, unos marginados, que hacen saber su incomodidad ante el mundo con actitudes y gestos de freaks, con los que sólo logran ser más ignorados. “Carezco de poderes, pero me sobra el odio”, dice Gabriel Lynch como si esta máxima fuera la razón absoluta por la cual se toma la libertad de relatar la historia de su odio que es también la historia de su amor.

Leo cada oración de Recursos humanos y la imagino silabeada con el particular tono de Toño. No sé si sea por eso que la historia de Gabriel Lynch me desternilla de risa, tampoco sé si Toño la haya escrito para que el lector se divirtiera, pero estoy casi seguro que sí. Porque Lynch es un personaje particular, él cree, ¡vaya pretensión!, que su tragedia personal le debe interesar a todo el mundo. Pero, como a todo buen ingenuo, hay que decirle que al mundo no le interesa la tragedia personal de nadie. Lynch pasa desapercibido, él mismo sabe que los otros perciben en su actitud y en su persona cierta inocuidad. Y sin embargo, el propio Lynch lo reconoce en alguna página al decir: “Cuento a los vientos la historia de mi odio”. ¿A quién? A nadie. Sólo a los vientos.

La ironía de Ortuño es demoledora. Ningún estrato de esa pequeña sociedad que es la empresa donde trabaja el envidioso, colérico y traicionero Lynch se salva de los dardos de la crítica social que Ortuño agudiza con su sentido del humor. Porque aquí las clases sociales sí importan, los adinerados han estudiado en escuelas privadas que les abren las puertas sin tocarlas y ellos son los que siempre consiguen las mejores tetas y los mejores culos de las mujeres más deseadas. Porque en las páginas de Recursos humanos los mejores puestos tienen también, claro, las mejores oficinas en los pisos altos del edificio del consorcio donde Lynch labora: sólo así se entiende el epígrafe tomado del Génesis. Ortuño sabe que el ascenso estrepitoso a las glorias de la vida puede trocarse en una comedia y que la burla ajena es más divertida. Y toda esta miseria humana inicia en las familias disfuncionales que lo mismo crean parásitos humanos las recatadas familias conservadoras que las pobretonas donde no hay ninguna muestra de afecto entre sus miembros.

Una sociedad fría y recatada a base de adoctrinamiento eclesiástico es lo que se refleja en la encarnizada y vana lucha que Lynch tiene con su jefe y rival, Mario Constantino Castañeda. Si bien el pleito entre estos podría germinar en el resentimiento de clases, lo cierto es que tiene otras razones más válidas: las pasiones bajas y ruines de la lascivia, es decir, quién de los dos se queda con la mujer más cachonda, o cuál de los dos consigue el puesto anhelado en la empresa sin haber pasado tantos años escalonando de puesto en puesto. Así, pues, no es casual que el protagonista de Recursos humanos se llame Gabriel y su enemigo Constantino.

De los juveniles poemas que publicó en El Zahir, Ortuño ha pasado a escribir estas novelas, y un libro de cuentos, El jardín japonés (Páginas de espuma, 2007), que son verdaderas bombas de la reciente literatura mexicana. Así, Ortuño ha dejado de ser una promesa de nuestra literatura para convertirse en uno de los integrantes del dream-team de la nueva literatura mexicana.

*Texto leído en la presentación del libro el jueves 24 de julio, en Pachuca, Hidalgo.

sábado, 5 de julio de 2008

¿Y a mí, quién me cuenta esa parte de la historia?


Chiquita narra la vida de Espiridiona Cenda (Matanzas, Cuba, 14 de diciembre de 1869-Nueva York, 11 de diciembre de 1945), una historia que la propia protagonista dictó a Cándido Olazábal, un poeta frustrado y quien fungió, años después, como una especie de albacea encargado de publicarla, pero que nunca lo logró. Fue así como Antonio Orlando Rodríguez (Ciego de Ávila, Cuba, 1956) decidió reescribirla, basándose en aquella primera versión que Chiquita dictó en sus últimos años de vida a Olazábal. Cuenta Rodríguez en las primeras páginas de esta novela ganadora del Premio Alfaguara de Novela, que fue el propio Olazábal quien le habló de la excéntrica mujer cuando era un viejo que, a punto de morir, vendía las últimas pertenencias que le quedaban: entre ellas, varios cuadernos que formaban el manuscrito de la vida de Chiquita. Pero he aquí que a ese manuscrito le faltaban capítulos que un huracán se llevó, así que Rodríguez tuvo que echar mano de lo que Olazábal recordaba haber capturado cuando Cenda le dictó en los tiempos de la Depresión estadunidense. [Para seguir leyendo hacer click aquí.]

martes, 15 de enero de 2008

La invasión


Ricardo Piglia, La invasión, Anagrama / Colofón, Col. Narrativas hispánicas, No. 404, México, 2006, 194 pp.

El más reciente libro de Ricardo Piglia (Adrogué, provincia de Buenos Aires, Argentina, 1940) La invasión, realmente es el primero de su carrera literaria. En 1967 este volumen de cuentos ganó el entonces prestigioso premio de Casa de las Américas (Cuba), lo cual le dio cierta notabilidad en el ambiente literario latinoamericano a su autor.

Piglia ha añadido a esta segunda edición cinco relatos más: “El joyero”, “Desagravio”, “En noviembre”, “El pianista” y “Un pez en el hielo”. Así, se reúnen quince cuentos en total en los que se distinguen las minuciosas lecturas que Piglia ha hecho de Faulkner, Hemingway y Onetti, primordialmente, y de las cuales ha sacado las mejores características para emplear en su narrativa. Lo mismo ocurrió en su siguiente libro de cuentos Nombre falso (1975), por lo cual estos dos volúmenes están hermanados quizá sin pretenderlo. Sin embargo, a lo largo de su carrera literaria, que ya cuenta con novelas imprescindibles como Respiración artificial (1980) y ese deslumbrante anfibio llamado El último lector, Piglia se ha destacado por ser un inclasificable pues sus antecedentes directos dentro del canon literario son difíciles de dilucidar. Añadido a lo anterior, su alto nivel intelectual aún no le allega los todos los lectores que merece ubicándose en un lugar más cercano a los llamados escritores raros.

Los temas de estas historias oscilan continuamente: las pasiones impulsan a muchos de los personajes a situaciones en las que quizá nunca se verían si no estuvieran enamorados, la remembranza de los juegos infantiles y los fracasos de los marginados sociales. También se incluyen un par de ficciones históricas como el genial “Las actas del juicio” y “Mata-hari 55” sobre las actividades subversivas para derrocar a Perón. Es en el relato “La invasión”, que presta su nombre para titular el libro, donde aparece por primera vez Emilio Renzi, una especie de alter ego que después protagonizará Respiración artificial y hará una fugaz aparición hacia el final de la polémica Plata quemada (1998). En “La invasión”, al entrar a una diminuta celda Renzi invade la intimidad de dos presos de distintas razas, pero la intensidad y la fluidez con la que Piglia la escribe resisten hasta que surge el digno y asombroso final.

“Un pez en el hielo”, el relato con el que cierra el tomo y que hasta ahora había permanecido inédito, anticipa o, bien, puede ser un epílogo de ese otro libro genial de Piglia, El último lector (2005). Me explico: toda la historia, donde vuelve aparecer Renzi ahora persiguiendo y al mismo tiempo huyendo del fantasma de un amor mientras disecciona los últimos días de vida del poeta italiano Cesare Pavese, realmente es un pretexto para hablar de la escritura y en particular del diario de Pavese, tal y como lo hace en El último lector con la escritura de Borges, Kafka, Poe, Flaubert, Tolstoi y otros más. Aquí, Piglia vuelve a fusionar sus dotes de experimentado narrador y lúcido ensayista para demostrar porqué es uno de los escritores más vanguardistas.

Con La invasión, Piglia viene a confirmar su lugar—muy merecido, hay que decirlo—dentro de esa rara especie de escritores que Darío llamó “raros” y que hoy llamamos excéntricos, entre los cuales se cuentan Roberto Artl y Filisberto Hernández, tan apreciados por Piglia. Sin duda, Piglia es el mejor escritor argentino vivo y uno de los más sólidos de la lengua española de la actualidad.

lunes, 26 de noviembre de 2007

Nadie es nada


Juan Manuel Roca, Las hipótesis de nadie, Alforja/ Conaculta-Fonca/ Instituto de Cultura del Estado de Durango, México, 2006, 117 pp.


“Nadie es la personificación de la nada”, sentenció en una de sus lecciones el maestro Abel Martín, según Juan de Mairena (según Antonio Machado). Esto lo sabe muy bien Juan Manuel Roca (Medellín, Colombia, 1946), quien en 2005 ganó en su país el prestigioso Premio Nacional de Poesía del Ministerio de Cultura por la publicación de un libro con un título que seguramente habría gustado a ese dúo creado por Machado, Las hipótesis de Nadie.
Este libro asombroso conserva el tono que Roca ha logrado mantener a lo largo de toda su obra poética. A ello se refiere el gran poeta chileno Gonzalo Rojas, en el prólogo a Cantar de lejanía, una antología abundante del trabajo de Roca publicada por el Fondo de Cultura Económica en 2005. Dice Rojas: “Poeta mío entre los míos, lo que más celebro en él es la fiereza, esa amarra entre vida y poesía que llega a lo libérrimo, el tono, el tono, como dijo Vallejo, el epicentro de decir el Mundo”. Para concluir con una sentencia que no puede dejar de tomarse como un elogio: “Me hubiera gustado escribir muchos de sus textos. Tanta es la afinidad entre visión y lenguaje entre los dos”.
Me parece que el germen de Las hipótesis de Nadie se encuentra, primero y de forma muy evidente, en la Odisea homérica donde Ulises se convierte en ese Nadie que todos ven pasar a un lado ignorándolo; y, por otra parte, en el poema “Breve historia de Nadie” del libro Pavana con el diablo, que Roca publicó en 1990:


Dice el señor Nabokov que la literatura no nació cuando un niño de una valle del Neandertal llegó gritando: ¡Un lobo!, ¡un lobo!, y tras de él, cuatro patas al aire, un lobo gris blandía su lengua chasquante.
Dice, mejor, que la literatura nació cuando un niño de un valle del Neandertal llegó gritando: ¡un lobo!, ¡un lobo!, y tras de él nadie venía.
Desde entonces, nadie es un eterno personaje, un fantasma en los valles del poema.


Dieciséis años después, en Las hipótesis de Nadie, Roca ampliará a detalle esta poética del Nadie. Aunque el poeta sólo cree aventurar, modestamente, algunas hipótesis sobre la invisibilización de nuestro próximo más cercano por parte de la propia sociedad, lo cierto es hace reflexionar sobre una de las tantas pequeñas vilezas del hombre como es la inhumana indiferencia —actitud tan posmoderna— ante las catástrofes de la propia humanidad. La poesía de Roca es un gesto de reivindicación del ser humano, tratar de sacarlo de su aletargamiento, de su indiferencia, de su voluntaria ignorancia; léase, si no, ese poema estremecedor llamado: “Una carta rumbo a Gales”. Así que, me parece, Las hipótesis de Nadie pueden leerse como si de una nueva forma de poemas comprometidos se tratara: el ser humano como un fantasma en los valles del poema.
Roca sabe que diario, caminando por la calle, podemos encontrarnos con Nadie, pero ¿quién puede negar que nosotros no seamos ese Nadie con el que otros se encuentran? Nadie es, puesto que todos quieren ser Alguien. El mundo poético de Roca sucede donde reina en el caos, todo es delirante y la individualidad ha desaparecido. Mientras escribo esto me encuentro en alguna página con un despectivo nombre genérico: “Andaba todo andrajoso, como si fuera un hijo de nadie”. Lo paradójico del caso es que, a fuerza de querer ser Alguien, todos acabamos siendo Nadie. Todo esto es lo que hace de Las hipótesis de nadie un libro deslumbrante.
Junto con Jaime Jaramillo Escobar, Elkín Restrepo, Harold Alvarado Tenorio y Darío Jaramillo Agudelo, Juan Manuel Roca es, sin duda, una de las voces más interesantes de la actual poesía colombiana.

martes, 13 de noviembre de 2007

Cría cuervos...

Daniel Krauze, Cuervos, Planeta, México, 2007.

En Cuervos, su primera novela, Daniel Krauze (Ciudad de México, 1982) retrata la vida de la clase alta capitalina a través de las vivencias de un grupo de amigos en perenne actitud adolescente (¡un Easton Ellis que vive en México!). Es convencional, con escasos recursos narrativos y sin estilo propio, además de tener un argumento predecible. Si Krauze pretendía hacer una crítica de su clan, ésta resulta decepcionante por cursi y no pocas veces sentimentaloide.

En Cuervos, se revela lo aburrida que es la vida de estos muchachos de la alta sociedad mexicana: van a la misma escuela desde niños, conocen a las mismas personas desde entonces, tienen a los mismos amigos y a las mismas novias o novios, incluso los intercambian porque no hay mucho de dónde escoger: “Una foto mía de preprimaria, junto a Ana —con la que corté hace un par de meses—, aparece en la pantalla”. Y, claro, todo lo tienen al alcance de la mano, así que para no aburrirse pasan horas enteras frente a los videojuegos. Quizá por eso las anécdotas más excitantes que pueden vivir las deban al sexo, el alcohol y las drogas.


*Para leerla completa, en: Replicante 13, noviembre de 2007-enero de 2008.

lunes, 29 de octubre de 2007

Las ideas y la voz de Jelinek

Elfriede Jelinek, La palabra disfrazada de carne, Gato negro, Colec. Peces de papel, Selec. y Pról. Hedwig Weber, México, 2007, 205 pp.

Pocos días antes de “recibir” el premio Nóbel de Literatura en 2004, Elfriede Jelinek (Austria, 1946) fue objeto de un largo homenaje en la sala Manuel M. Ponce del Palacio de Bellas Artes (y escribo “recibir” dado que por su conocida fobia social no fue a Estocolmo a recibirlo propiamente dicho). Al final del acto se transmitió un video de Jelinek grabado exclusivamente para presentarse esa noche: se refirió, por ejemplo, a la Ciudad de México como el lugar que nunca pisaría pues si no puede relacionarse con un grupo de personas, mucho menos podría hacerlo con los 20 millones de habitantes de esta gran urbe, y condenó los crímenes de odio en Ciudad Juárez, Chihuahua. Ahora, con la edición exclusiva para México de la reunión de algunos de sus ensayos escritos en los últimos años (de 1997 a 2006), confirmo mi impresión de que Jelinek tiene una particular atención por nuestro país. Lo dicho en ese video está ahora en el texto fragmentado con que cierra La palabra disfrazada de carne.

En su introducción, Jelinek explica por qué esta es una edición exclusiva para México: para empezar, no permitiría que estos ensayos fueran reunidos en alemán (un gesto tan propio de Bernhard quien prohibió la publicación de su obra en su país por muchos años contando a partir de su muerte). Luego, porque no hay una ninguna correspondencia profunda entre uno y otro dado que los temas son como objetos que, dice, ha “escogido” de forma arbitraria no para describirlos ni mucho menos para analizarlos si no simplemente para circunscribirlos (a esto también hace referencia el compilador, Herwig Weber, cuando confiesa la dificultad para organizarlos en el tomo: “el objeto es difícil de capturar y se esfuma, los temas interactúan en los ensayos de la premio Nóbel y el conjunto de sus textos crea una red de temas y caminos que el lector decidirá si recorre o no”). Pero fuera de ese contexto, en otra lengua, en otro país y delegada la responsabilidad de ponerles un orden, entonces sí pueden reunirse y viajar dado que su autora no sale siquiera de casa.

“Naturalmente estoy acostumbrada a los ataques, después de haberme expresado en ocasiones acerca de temas políticos en forma demasiado polémica”, confiesa Jelinek en el texto final. Sobre esto último, por ejemplo, acusó al gobierno austriaco de querer minimizar su relación con los nazis lo que la ha convertido en la más polémica de los premios Nóbel de Literatura. Así, las ideas en estos ensayos son igual de estremecedoras que las expresadas, no sin su característica ira, en novelas como Los excluidos, La pianista, Las amantes, Deseo y más recientemente en Bambilandia. En medio del coro de adulaciones que se suceden sin parar en los temas más importantes de la humanidad, la congruencia intelectual, es decir, la voz radical y transgresora de Jelinek incomoda a muchos pero para otros, unos cuantos apenas, es necesaria: sólo ella, y acaso Susan Sontag en Ante el dolor de los demás, alzó la voz contra la guerra en Afganistán primero y luego en Irak, en un libro tan divertido como shockeante, Bambilandia.

A diferencia de muchos otros ensayistas que pontifican verdades absolutas en un tono soberbio, Jelinek sólo apuesta por una independencia artística que le ha permitido decir, escribir y hacer realmente lo que ha querido sin darle importancia a las consecuencias. Libre de cualquier atadura social, como lo ha demostrado fehacientemente en múltiples ocasiones, Jelinek, sin embargo, no sólo no sentencia verdades en estos ensayos si no que incluso critica ese afán tan postmoderno por ser portavoces de la verdad (recuérdese: ella sólo delimita sus objetos, nunca describirlos o analizarlos). Esta libertad intelectual le ayuda para abordar los más variados temas en estos 17 ensayos: desde hablar de su muy particular estilo de escritura y lectura, obras literarias y escritores como Kafka, Brecht y Ionesco, hasta el cine y la ópera (adaptó la cinta Lost Highway, de David Lynch y Barry Gifford, a ópera), su otra gran pasión, la música, y hasta un discurso de apertura de un hospital siquiátrico.

La palabra disfrazada de carne, el título más jelinekeano que haya puesto a uno de sus libros, incluye el discurso de recepción del premio Nóbel de Literatura, “Fuera de lugar”, donde habla de su exilio de la realidad pero también de cómo ésta se infiltra en la obra del creador y lo aparta. Crítica comunista, sorprende que Jelinek sea una escritora comprometida cuando la imagen que proyecta sea la de una misántropa que odia a la humanidad entera, tanto que ni siquiera se relaciona con ella. Jelinek, estoy convencido, es una filántropa frustrada (de seguro no le gustaría esta aseveración mía tan tajante), pero de otra manera no se explica que admita que la lengua –esa lengua que ella destroza y flexibiliza en su obra– nada debe poder hacer contra esta realidad brutal.

Para terminar un par de gestos más: Jelinek ha pedido a sus editores que las ganancias de su libro sean donadas a la APPO y es probable que luego de dejar su tratamiento de antidepresivos así como vencer su fobia social venga a México. Aquí ya la esperamos un reducido pero estruendoso grupo de admiradores.

miércoles, 26 de septiembre de 2007

La cebolla y el ámbar


Günter Grass, Pelando la cebolla, Alfaguara, México, 2007, 445 pp.

A punto de cumplir ochenta años, el escritor alemán, Günter Grass (Danzig, 1927), publicó el año pasado este primer tomo de sus memorias, Pelando la cebolla, que tanta polémica suscitaron por, como él dice, “haber guardado silencio” sobre esos temas que aún hoy en día siguen causando revuelo en el pueblo alemán. Para empezar porque Grass es honesto consigo mismo: desde la primera página advierte lo fácil que sería encubrirse en la tercera persona (“fue, vio, hizo, dijo, calló…”) para hablar de esos temas espinosos: de esa manera evadirlos, darles una importancia menor, dejar de adjudicarle a ese otro que fue la responsabilidad de sus decisiones.


Por eso, cuando se llega al capítulo donde relata cómo, cuándo y a dónde fue, a los quince años, a enrolarse voluntariamente a las Juventudes Hitlerianas, Grass no teme en ser él quien tome la voz. De hecho para eso escribió Pelando la cebolla, para que nadie lo relate a su manera, para que nadie desgaje esa cebolla o consulte el ámbar en su lugar y, así, no haya interpretaciones. Grass quiere ser quien cuente esto. Aunque el muchacho que fue quisiera escudriñarse bajo esa licencia literaria, aquí está este Grass, el que es actualmente, el que asume, firme, las acusaciones que ya prevé. Pero, de ninguna manera, quiere justificarse: “Lo que hice no puede minimizarse como tontería juvenil”, dice, o: “ni se puede decir siquiera: ‘¡Es que nos sedujeron!’”, o lavarse las manos acusando “sustitutivamente a la culpa general”.


En esa interlocución entre el joven y el hombre, éste último simplemente asume por entero lo de ambos: “mis cuitas no son las suyas; lo que no quiere ser vergonzoso para él, es decir, no lo oprime como vergüenza, tengo que sudarlo yo, que estoy más que emparentado con él”. De la lectura de esas páginas deduzco que fue la ilusión juvenil por sobresalir, el deseo de ser alguien (un impulso tan arrebatador que no se puede contener), lo que llevó al joven Grass a ser partícipe de una guerra que les hicieron creer que ganarían. Sí, aunque faltaba muy poco para la derrota alemana, Grass se enroló en las juventudes nazis, obtuvo entrenamiento militar, creyó, como muchos, en el Führer y en el discurso Nazi, y fue soldado de las Waffen-SS, sin embargo, ningún sensato se atrevería a acusarlo hoy de antisemita, colaboracionista o pronazi: sólo esos otros fanáticos podrían hacerlo.


Hay una imagen que se le agolpa en la cabeza cuando continúa la escritura de estas magistrales memorias. Es la de un joven de “barbilla, boca, nariz, frente, dibujados con un solo trazo”, por lo cual merecía “la calificación de ‘pura raza’”, a quien “hubiera habido que darle las máximas calificaciones” y que “hacía sin rechistar lo que se le pedía”. Sin embargo, fue golpeado e insultado por sus compañeros, hartos de soportar los castigos que todos debían pagar por su acto repetitivo de cada mañana: al momento de darle el fusil con el que entrenaban, él lo dejaba resbalar sin razón aparente de sus manos para terminar mascullando “Nosotrosnohacemoseso”. La imagen de ese joven dejando caer su arma no se corresponde con la que Grass le asignaba dado sus características arias y entonces es aquí cuando todo se le revela y Grass duda del discurso: “Su actitud nos cambiaba. De día en día se desmoronaba lo que antes parecía firme”.


Un ejercicio magistral de la memoria, Pelando la cebolla, sin embargo, es más que este polémico acontecimiento. También otros son los sucesos que marcan a quien en 1999 recibió el premio Nobel de literatura: la presencia tutelar de la madre, quien le transmite su gusto por la lectura y la pintura, y gracias a la cual aprende a cobrar las deudas de los compradores en la tienda familiar; el odio profundo por el padre y la indiferencia ante la huidiza hermana y, finalmente, la huida ante el bombardeo y saqueo de su ciudad natal, el exilio en París, y el proceso de escritura de El tambor de hojalata¸ su novela más importante.


Aunque Grass recuerda no haberse cuestionado sobre algunos hechos que pasaban en sus narices, aquí se interroga a sí mismo sobre cada suceso, constantemente recurre a los ámbares para que le develen lo que quedó encapsulado, poco a poco y capa por capa va pelando la cebolla sobre la que se ha acumulado el polvo, para ser fiel en la sucesión de los acontecimientos, ¿qué realmente pasó?... pero esas son imágenes en las que finalmente no se podrá leer ningún pensamiento, no habrá explicación posible.